Los niños son más vulnerables a los efectos de la deshidratación que las personas adultas.

Los niños son más vulnerables a los efectos de la deshidratación que las personas adultas.

Los niños son más vulnerables a los efectos de la deshidratación que las personas adultas, no saben expresar que están sedientos y además no suelen se conscientes de que tienen sed si se hallan entretenidos con alguna actividad. Por ello es importante conseguir que beban regularmente, principalmente agua. ¿Pero cuánto han de beber para mantenerse bien hidratados?.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), la Asociación Española de Pediatría (AEP) y la Academia Americana de Pediatría (AAP) recomiendan la lactancia materna exclusiva y 'a demanda' durante los primeros seis meses de vida del recién venido al mundo.

Durante esa etapa el bebé que es amamantado no necesita tomar agua o zumos, porque obtiene el líquido suficiente con el agua que le aporta la leche de la madre. A partir de los seis meses las necesidades de hidratación infantil aumentan progresivamente.

Si no recibe el suficiente líquido, un bebé o niño corre el riesgo de deshidratarse.

Falta de producción de lágrimas, la piel, boca y lengua resecas, los ojos hundidos, la epidermis grisácea, menos orina en los niños pequeños... El hundimiento de las fontanelas de la cabeza (separaciones que hay entre los huecos del cráneo), cuando se trata de un recién nacido...

Son los síntomas de la deshidratación severa en los niños, la cual puede poner peligro su vida y siempre obliga a buscar atención médica de inmediato, para evitar daños o secuelas irreparables.
Son situaciones extremas, pero no infrecuentes.

Aunque el riesgo de deshidratación aumenta cuando el calor arrecia -época en la que hay que tomar extremar la vigilancia infantil y controlar más la reposición de líquidos- hay que tomar precauciones con los pequeños y medidas para mantenerlos hidratados, a lo largo de todo el año, ya que debido a su intensa actividad física fácilmente pueden transpirar copiosamente.

Los cuidados y el control han de ser aún mayores, si cabe, en el caso de los recién nacidos y los más pequeños, que no pueden expresar su necesidad de beber y corren un riesgo aumentado de deshidratación no sólo durante los días en que las temperaturas son altas, sino cuando se acaloran en cualquier situación.

Para evitar llegar a esos extremos, los mayores deben ayudarlos a refrescarse, a que recuperen los líquidos perdidos y a que estén bien hidratados en todo momento.

Aunque los niños tienen una menor capacidad para transpirar, sus necesidades de hidratación no se diferencian demasiado de las de los adultos. Debido a ello, la temperatura de su cuerpo aumenta con mayor rapidez en comparación con la gente adulta.

Por esta razón, los padres y las personas a cargo del cuidado infantil, deben alentar a los niños activos a que beban con más frecuencia, a que sean capaces de reconocer los síntomas de la deshidratación y a proporcionarles y enseñarles que elijan el tipo de bebidas más adecuadas y no solo refrescos y gaseosas.